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22 de abril de 2011

"Qualsevol nit pot sortir el sol" (Sisa)

Como disco, es uno de los mejores, por su originalidad y sensibilidad, de los editados en España. Como canción, Qualselvol nit pot sortir el sol es un himno a la esperanza, lleno de magia y de ternura. Cualidades admirables en cualquier tiempo y lugar, pero especialmente valorables en las circunstancias en las que se publicó: en 1975, el año de la muerte de Franco. Cuando el país se echaba a la calle para ganarse una vida en libertad que se le había negado durante 40 años, cuando las protestas callejeras y la lucha política se imponían como las únicas formas útiles para conquistar un futuro que creíamos al alcance de nuestras manos, un futuro en el que nos parecía que todo era posible, porque nos sentíamos capaces de conseguir una sociedad libre, más justa e igualitaria. En ese contexto, chocaban propuestas como la de Jaume Sisa, y otros como él (Pau Riba, por dar un nombre ya tópicamente asociado a él), que preferían mirar hacia el interior. Versión castiza del movimiento hippie, defendían a capa y espada el principio de que la revolución empieza por uno mismo. Y las drogas y la música eran las herramientas más apropiadas para lograr esa transformación de la persona. Nace así una particular psicodelia catalana, en la que Pau Riba representa el lado más salvaje y roquero, Sisa, el costumbrista, intimista, pero también surrealista y un tanto extravagante. Y de ambos, pero especialmente de este último, bebe Manel, el fenómeno del momento. Tuve la oportunidad de ver la presentación de Qualselvol en la mítica sala Zeleste, de Barcelona, y aún hoy, 36 años después, mantengo vivo el impacto de aquel concierto loco, extraño, pero emocionalmente intenso. Tanto como el disco entero, del que destaco una canción, la más emblemática, aunque los ocho temas que lo componen destilan el mismo hechizo, el mismo encantamiento. El entrañable Fill del mestre, la evocadora El sete cel ("historia cierta de los siete cielos, siete paraísos mágicos y encantados" ...  "y el sexto cielo está copiado del séptimo cielo que has engendrado en tu cabeza"), la surrealista Germá aire, la cabaretera Maniquí, la costumbrista Canço de la font del gat, esa preciosidad llamada María Lluna ("María Luna, yo quiero seguirte; suspendidos de la nada viviremos tu y yo; María Luna, no me digas que no"), el querido Senyor Botiguer, y, finalmente, la joya de la corona: Qualsevol nit por sortir el sol


Un piano juguetón nos introduce en "una noche clara y tranquila", "y van llegando los invitados, que van llenando toda la casa de colores y de perfumes". Y van apareciendo todos nuestros héroes de la infancia, aquellos que nos hicieron soñar, reír, imaginar un mundo en el que todos nuestros deseos eran posibles. Aquel ingenuo optimismo que fuimos perdiendo con el paso de los años, pero que nunca es tarde para recuperar. "¡Oh, bienvenidos!, pasad, pasad; de las tristezas haremos humo; mi casa es vuestra casa, si es que hay casas de alguien". La noche se llena de magia, de un encantamiento especial, de esa ilusión única que a uno le hace levitar cuando siente que tiene todo cuanto necesita, que tiene la vida entera en sus manos porque más allá del universo que le rodea no hay nada que merezca la pena, porque se siente en el paraíso si es que los paraísos existen, porque se siente rodeado de toda la gente que quiere... Así que "bienvenidos, pasad, pasad; ahora ya no falta nadie; o puede que sí, ahora me doy cuenta de que tan solo faltas tu... También puedes venir si quieres; te esperamos, hay sitio para todos... El tiempo no cuenta, ni el espacio, cualquier noche puede salir el sol". Porque todo es posible cuando nos sentimos arropados por toda la gente que queremos. Es cuanto necesitamos: un lugar a donde ir y alguien que nos acoja. Y la esperanza, la creencia en que podemos conseguir aquello que deseamos. La esperanza es lo que nos hace humanos, lo que nos da una razón para continuar. Sin ella no somos nada, sin ella nos quedamos sin motivos para vivir. No podemos renunciar a aquello que ansiamos, porque es esa pasión por lo que anhelamos lo que nos define como personas. Somos lo que queremos y nos  construimos en la medida en que luchamos por conseguirlo, nos hacemos en el camino que nos lleva hasta el objetivo. Cada renuncia es un trozo de nuestra vida que se nos muere, y aunque a veces empecinarse en lo imposible solo genera frustración, siempre hay que mantener la esperanza y esforzarse hasta la extenuación por alcanzar aquello que deseamos, porque, aunque puede parecer difícil, cualquier noche puede salir el sol.



24 de marzo de 2011

Las canciones de mi vida: "Mr. Tambourine Man" (The Byrds)

The Byrds es, para mi, sinónimo de alegría, luminosidad y radiante energía positiva. Y es, también, uno de los grupos más injustamente valorados de la historia del rock. Nunca han tenido el reconocimiento popular que se merece por su contribución a la música americana. Dylan es Dylan, y punto. Pero Dylan no sería Dylan si no hubieran existido The Beatles y The Byrds. El legado del grupo encabezado por Roger McGuinn, y por el que pasaron David Crosby, Gene Clark y Gram Parsons, es tan enorme que su influencia alcanza a gente como Bruce Springsteen, Tom Petty, REM y Wilco. Pero son solo unos cuantos ejemplos. Porque, al margen de todo lo que bebe de la música negra, el resto del rock americano hunde sus raíces en esa mezcla de folk, pop, country y psicodelia que amalgamaron The Byrds en seis discos geniales, hasta el seminal Sweetheart of the Rodeo, publicados entre 1965 y 1968. Resulta tremendamente difícil seleccionar una de entre las decenas de espléndidas canciones que grabaron durante ese cuatrienio. No obstante, si hay una que los identifica es la primera que publicaron, Mr. Tambourine Man, una canción de Bob Dylan que se apropiaron de tal manera que hoy es más popular la versión que ellos hicieron que la original. En ella quedó definido el sonido característico del grupo, marcado por la sonoridad inconfundible de la guitarra Rickenbacker de doce cuerdas de McGuinn y las fantásticas armonías vocales del propio McGuinn, Crosby y Gene Clark. Me gusta especialmente la versión que acompaña a este post. Corresponde a un concierto de 1990 en homenaje a Roy Orbison al que se suma también el autor del tema. Ver a Dylan haciendo bromas con David Crosby no tiene precio.

Porque, más allá de lo estrictamente musical, lo que me atrae de The Byrds es la sensación de amistad, fraternidad y solidaridad que se desprende de sus canciones. El colorido de sus armonías vocales lo impregna todo de un tono de alegría contagiosa que me retrotrae inevitablemente a los años universitarios, cuando tenía la impresión de que la camaradería era un estado natural, el optimismo lo invadía todo y pensaba (pensábamos) que cualquier cosa era posible porque el futuro estaba en nuestras manos. Los sueños no eran ilusiones vanas sino una guía para el camino. No había límites para la esperanza y nada había inalcanzable, aunque fuera con un poco de ayuda del hombre de la pandereta. Porque, como dice la canción, cuando "Mr. Tambourine Man toca una canción para mi... estoy listo para ir a cualquier lugar".  La libertad era un tsunami que arrasaba con cualquier obstáculo que se interpusiera en el camino. Porque la música de The Byrds suena a liberación de cualquier atadura, a independencia, a espacios abiertos. Quizás sea una reminiscencia de la balada de Easy Ryder, pero la guitarra saltarina de Roger McGuinn siempre la he asociado a un viaje sin destino, o sí, a una odisea en pos de la felicidad.


Y mientras escribo esto, mientras suena en mis auriculares la música de The Byrds, me siento al volante de mi coche, con el sol brillando en el horizonte, y me imagino devorando kilómetros por carreteras secundarias, apenas transitadas, recorriendo pueblos, con las ventanillas abiertas, dejándome abrazar por la brisa, impregnado por la humedad del mar, perfumado por el aroma de la hierba. Y entonces el tiempo se detiene porque el mañana no importa. "Todo es ahora, todos es ahora, el tiempo que nos toca vivir", canta Roger McGuinn con su voz lastimera. Porque todo lo que merece la pena lo llevas contigo: la libertad, la ilusión, las ganas de vivir... y la persona a la que amas, que te lleva de la mano al paraíso y con una sonrisa te ilumina el camino. Y en ese momento ruegas, como escribía Kavafis, que "el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias". Porque es el viaje de la vida. Y entonces uno comprende que simplemente debe dejarse llevar, arrastrado por ese tratado de psicodelia que es el diálogo entre la guitarra de Roger y la guitarra pedal steel de Red Rhodes en la segunda canción seleccionada para este post: Change is now. Porque "el cambio es ahora, las cosas que parecían sólidas no lo son ... y el miedo se ha ido".


The Byrds están aquí. Así que, buen viaje.








14 de marzo de 2011

Las canciones de mi vida III: "What goes on" (Velvet Underground)

No sé si, como decía Zapatero, la economía es una cuestión de estado de ánimo. Desde luego si algo tiene que ver con las situaciones emocionales es la música. Si como decía en otro post, The Doors me cargan de energía cuando me siento decaído y Roxy Music me animan aún más en los buenos momentos, The Velvet Underground  es un viaje al corazón de la depresión. La Velvet es un punto y aparte en la historia del rock. Constituyeron el lado salvaje, perturbador, desquiciante, en lo musical y en lo vital, en una época en la que todo pretendía optimismo y buen rollo. Mientras los demás nos pintaban el arco iris, Lou Reed, John Cale, Mau Tucker y Sterling Morrison lo cubrían todo de negro. Mientras los demás jugueteaban con la marihuana y el LSD, ellos se subían a una montaña rusa llamada heroína. Mientras los otros hablaban de amor y trataban de disfrutar de una idílica vida campestre, ellos pateaban las calles mugrientas de Nueva York y nos contaban sórdidas historias de personas deshechas por las drogas, de putas, transexuales y sexo sucio.


La Velvet es nihilismo en estado puro. Porque la vida no es lo que sucede mientras uno hace planes, como decía John Lennon. En versión velvetiana, la vida es lo que ocurre a nuestro alrededor mientras uno trata de huir de ella. No hay razones para el optimismo ni la ilusión. El mundo es un territorio hostil en el que uno no puede encontrar satisfacción alguna, sin amor, quizás sin trabajo, sin dinero, sin futuro. Y si no hay esperanza, no hay razones para creer, para confiar, para luchar. No hay mañana. Sin expectativas, todo da igual, nada importa. Lo único que nos queda es encontrar la satisfacción en el momento. La vida reside en un chute de heroína: un subidón que lo anula todo y te transporta a un mundo en el que solo existe el placer (“Es mi esposa y es mi vida, porque una dosis en mi vena va hasta el centro de mi cabeza, y entonces me siento mejor que muerto”, canta Lou Reed en Heroin). No hay nada más. Salvo la posterior caída, el posterior descenso a los infiernos. Pero el infierno interior no es muy distinto del exterior. Así que todo da igual. El tránsito de la vida a la muerte es un simple cambio de estado, el final de un mal viaje. Una travesía que recorrieron tantos entre los años 60 y los 80, lo que dejó una larga lista de víctimas, en unos casos por sobredosis, en otros muchos por el sida. Unos años negros que Lou Reed sorteó como pudo y que lo han convertido en un superviviente de un combate con la muerte que le ha dejado mil y una cicatrices en forma de arrugas, en la cara y en su música.

Porque la música de The Velvet Underground evoca como pocas ese lado salvaje de la vida. No el que narra Lou Reed en su Transformer, maravilloso disco que, sin embargo, no lo refleja fielmente, vampirizado por el camaleónico David Bowie. Tan escondido como el Lou Reed oculto por las aceradas y cristalinas guitarras de Steve Hunter y Dick Wagner, protagonistas de la espectacular introducción a Sweet Jane del Rock’n’roll Animal. No, el auténtico Lou Reed es el de las guitarras distorsionadas, chirriantes, los ritmos simples pero machacones, como una apisonadora, y las letras crudas de todos y cada uno de los discos de The Velvet Underground. Un rock duro, sucio, sin concesiones, sombrío que sigue tan vivo hoy como cuando fue escrito, hace ya más de 40 años. Y que ha alimentado desde el punk hasta una legión de ilustres seguidores como Patti Smith, Joy División, Echo & The Bunnymen, My Bloody Valentine, Sonic Youth, Cowboy Junkies y tantos otros, pasados y contemporáneos. El catálogo de canciones a seleccionar es inmenso. Pero he optado por una que no es de las más conocidas. He sentido la tentación de escoger Sister Ray, una histeria de casi 18 minutos con la que el grupo solía cerrar sus conciertos en sus primeros años. Un muro de sonido caótico, asfixiante, con la viola de John Cale haciendo diabluras, para contar una historia terrible. Un tema alucinante del que solo conozco un ejemplo similar, el Frankie Teardrop de Suicide. Pero me parece demasiado fuerte para aquí, así que he optado por What’s goes on, , en una espectacular versión en directo que recoge la esencia de la música de la Velvet. Ya no está John Cale, pero el órgano de Doug Youle dirige un serpenteante interludio musical sobre una base rítmica que es todo potencia y que puede machacar los tímpanos si la escuchas con los auriculares puestos y a todo volumen, como hacía yo cuando la descubrí. Iba a oírla a la tienda de discos que Gay Mercader tenía en la calle Hospital, de Barcelona. Me sentaba en uno de aquellos sofás que tenía en el interior y me podía pasar horas escuchando y volviendo a escuchar la canción. Y, al final, la sensación física era la de haber corrido una maratón. Y caía a plomo, de la misma forma abrupta en que concluye el tema, incluido en un disco grabado en directo con un rudimentario equipo aficionado. La calidad del sonido es más bien pobre, pero recoge fielmente el espíritu de la Velvet. Y eso es lo que importa. Por cierto, el disco, como tantos otros, se publicó en España censurado doblemente. De un lado, se excluyó la canción Heroin, y de otro se tapó una parte de la portada para esconder las bragas que dejan ver la falda levantada de la chica. Eran otros tiempos, que por suerte ya quedan lejos en la historia.

The Velvet Underground completa la trilogía de los grupos que me han acompañado toda la vida, a los que he vuelto una y otra vez a lo largo de estos 35 años.







21 de febrero de 2011

Las canciones de mi vida: "The end" (The Doors)

"This is the end 
Beautiful friend 

This is the end 

My only friend, the end"


No es la mejor canción de la historia. Hay muchas que me han alegrado, me han emocionado o me han animado cuando estaba triste. Pero no tengo la más mínima duda de que The end es la canción de mi vida, la que me ha acompañado siempre, la que ha estado conmigo desde que la descubrí con 16 años, y a la que vuelvo continuamente. No sabría definir bien por qué, pero así es. Comienza como una canción de despedida, de pérdida, con un ritmo hipnótico guiado por la guitarra de Robby Krieger. Poco a poco, se va haciendo más tensa, a medida que el texto va ganando en simbolismo, hasta llegar al punto culminante:

"He walked on down the hall, and 
And he came to a door...and he looked inside 

Father, yes son, I want to kill you 

Mother...I want to...fuck you"


Y, tras el grito desesperado de Jim, la música alcanza uno de esos momentos de paroxismo tan típicos de The Doors. Más allá del escándalo que supuso este pasaje edípico-incestuoso, lo significativo es como un añadido de forma improvisada en una actuación, fruto de una noche de locura, acabó por convertirse en parte de la canción, la fagocitó y se adhirió a la historia del grupo como una segunda piel. Es una prueba más del subtítulo de este blog, de cómo las fronteras entre lo trascendente y lo insignificante son tan difusas que nunca se puede prever cuál será el efecto de cada una de nuestras acciones.

Y el cómo se gestó la versión definitiva de la canción define a la perfección la esencia de Jim Morrison y The Doors. La fuerza de la improvisación como motor creativo. La energía primitiva desbocada como impulso vital. Musicalmente, eran un grupo muy orgánico, en el que todo estaba al servicio de la canción. Sin ser unos instrumentistas geniales, eran suficientemente buenos, originales y con una formación diversa que manaba del blues, el jazz, la música clásica e incluso el flamenco. Y funcionaban como un todo en el que si algo sobresalía era Jim Morrison, su voz, pero sobre todo su personalidad arrolladora. Yo los descubrí en 1975 con un disco en directo que en España se tituló "Absolutely live". El impacto fue brutal. No había forma de que transcurriera el tiempo para llegar a casa y ponerlo a toda pastilla, para desesperación de mi madre y supongo que mis vecinos. La fuerza de The Doors en directo es incomparable. Cualquiera de sus discos en vivo, incluso el peor de ellos, es un monumento a la celebración. Sus canciones ganan una barbaridad sobre el escenario, y sus versiones de otros temas, una gozada. La que hacen de "Gloria", de Van Morrison, es la mejor que conozco con diferencia. Y eso que me gusta mucho la de Patti Smith, Aún hoy, sus conciertos siguesiendo un recurso extraordinario para cuando estoy bajo de moral. Lo llevo siempre en mi mp3 para escucharlo a todo volumen y cargarme de energía. Es el mejor antidepresivo que conozco.

Nunca he sido fanático de nada ni de nadie, pero he de reconocer que Jim Morrison es lo más próximo a un ídolo que yo he tenido. Me atrapa su energía, su vitalidad, su sinceridad. No es un dios, no es un modelo en muchas cosas, pero envidio su fuerza arrebatadora, su capacidad para mostrarse tal cual, sin fingimientos, desbordado a menudo por las drogas y el alcohol, pero dándose tal y como era. Una persona tímida, que se comía las uñas antes de actuar presa de los nervios, pero que se transformaba en el escenario. Una persona que luchaba constantemente por recuperar su verdadero sitio: él era un poeta transformado en un ídolo de masas, un símbolo sexual a su pesar y un icono en una época de rebeldía juvenil que lo sobrepasaba. Pero nunca dejó de ser lo que realmente era, incluso en sus peores momentos. Por eso, hoy en día, cuando están a punto de cumplirse 40 años de su muerte en París, sigue estando vivo, En una época en la que el modelo es gente como Lady Gaga (admirable en muchos aspectos), todo representación, una máscara para mostrar lo que los otros quieren ver y ocultar lo que nosotros somos de verdad, Jim Morrison sigue siendo la encarnación, para lo bueno y para lo malo, de la autenticidad. 

Porque, a fin de cuentas, cuando llega el final del día y nos quedamos solos en nuestra casa, de nada nos sirven las galas, las sonrisas fatuas, las bonitas palabras o las palmaditas en la espalda. Al final del día, cuando nos quedamos desnudos lo único que realmente merece la pena es tener a alguien que nos abrace, que nos reconozca y quiera tal como somos, alguien con quien fundirnos piel con piel.

"I found an island in your arms 
Country in your eyes 

Arms that chain 

Eyes that lie 
Break on through to the other side 
Break on through to the other side "


P.D. Para conocer de verdad a The Doors, recomiendo a todo el mundo la excelente película "When youre strange", narrada por Johnny Deep y dirigida por Tom DiCillo. Excelente.