14 de marzo de 2011

Las canciones de mi vida III: "What goes on" (Velvet Underground)

No sé si, como decía Zapatero, la economía es una cuestión de estado de ánimo. Desde luego si algo tiene que ver con las situaciones emocionales es la música. Si como decía en otro post, The Doors me cargan de energía cuando me siento decaído y Roxy Music me animan aún más en los buenos momentos, The Velvet Underground  es un viaje al corazón de la depresión. La Velvet es un punto y aparte en la historia del rock. Constituyeron el lado salvaje, perturbador, desquiciante, en lo musical y en lo vital, en una época en la que todo pretendía optimismo y buen rollo. Mientras los demás nos pintaban el arco iris, Lou Reed, John Cale, Mau Tucker y Sterling Morrison lo cubrían todo de negro. Mientras los demás jugueteaban con la marihuana y el LSD, ellos se subían a una montaña rusa llamada heroína. Mientras los otros hablaban de amor y trataban de disfrutar de una idílica vida campestre, ellos pateaban las calles mugrientas de Nueva York y nos contaban sórdidas historias de personas deshechas por las drogas, de putas, transexuales y sexo sucio.


La Velvet es nihilismo en estado puro. Porque la vida no es lo que sucede mientras uno hace planes, como decía John Lennon. En versión velvetiana, la vida es lo que ocurre a nuestro alrededor mientras uno trata de huir de ella. No hay razones para el optimismo ni la ilusión. El mundo es un territorio hostil en el que uno no puede encontrar satisfacción alguna, sin amor, quizás sin trabajo, sin dinero, sin futuro. Y si no hay esperanza, no hay razones para creer, para confiar, para luchar. No hay mañana. Sin expectativas, todo da igual, nada importa. Lo único que nos queda es encontrar la satisfacción en el momento. La vida reside en un chute de heroína: un subidón que lo anula todo y te transporta a un mundo en el que solo existe el placer (“Es mi esposa y es mi vida, porque una dosis en mi vena va hasta el centro de mi cabeza, y entonces me siento mejor que muerto”, canta Lou Reed en Heroin). No hay nada más. Salvo la posterior caída, el posterior descenso a los infiernos. Pero el infierno interior no es muy distinto del exterior. Así que todo da igual. El tránsito de la vida a la muerte es un simple cambio de estado, el final de un mal viaje. Una travesía que recorrieron tantos entre los años 60 y los 80, lo que dejó una larga lista de víctimas, en unos casos por sobredosis, en otros muchos por el sida. Unos años negros que Lou Reed sorteó como pudo y que lo han convertido en un superviviente de un combate con la muerte que le ha dejado mil y una cicatrices en forma de arrugas, en la cara y en su música.

Porque la música de The Velvet Underground evoca como pocas ese lado salvaje de la vida. No el que narra Lou Reed en su Transformer, maravilloso disco que, sin embargo, no lo refleja fielmente, vampirizado por el camaleónico David Bowie. Tan escondido como el Lou Reed oculto por las aceradas y cristalinas guitarras de Steve Hunter y Dick Wagner, protagonistas de la espectacular introducción a Sweet Jane del Rock’n’roll Animal. No, el auténtico Lou Reed es el de las guitarras distorsionadas, chirriantes, los ritmos simples pero machacones, como una apisonadora, y las letras crudas de todos y cada uno de los discos de The Velvet Underground. Un rock duro, sucio, sin concesiones, sombrío que sigue tan vivo hoy como cuando fue escrito, hace ya más de 40 años. Y que ha alimentado desde el punk hasta una legión de ilustres seguidores como Patti Smith, Joy División, Echo & The Bunnymen, My Bloody Valentine, Sonic Youth, Cowboy Junkies y tantos otros, pasados y contemporáneos. El catálogo de canciones a seleccionar es inmenso. Pero he optado por una que no es de las más conocidas. He sentido la tentación de escoger Sister Ray, una histeria de casi 18 minutos con la que el grupo solía cerrar sus conciertos en sus primeros años. Un muro de sonido caótico, asfixiante, con la viola de John Cale haciendo diabluras, para contar una historia terrible. Un tema alucinante del que solo conozco un ejemplo similar, el Frankie Teardrop de Suicide. Pero me parece demasiado fuerte para aquí, así que he optado por What’s goes on, , en una espectacular versión en directo que recoge la esencia de la música de la Velvet. Ya no está John Cale, pero el órgano de Doug Youle dirige un serpenteante interludio musical sobre una base rítmica que es todo potencia y que puede machacar los tímpanos si la escuchas con los auriculares puestos y a todo volumen, como hacía yo cuando la descubrí. Iba a oírla a la tienda de discos que Gay Mercader tenía en la calle Hospital, de Barcelona. Me sentaba en uno de aquellos sofás que tenía en el interior y me podía pasar horas escuchando y volviendo a escuchar la canción. Y, al final, la sensación física era la de haber corrido una maratón. Y caía a plomo, de la misma forma abrupta en que concluye el tema, incluido en un disco grabado en directo con un rudimentario equipo aficionado. La calidad del sonido es más bien pobre, pero recoge fielmente el espíritu de la Velvet. Y eso es lo que importa. Por cierto, el disco, como tantos otros, se publicó en España censurado doblemente. De un lado, se excluyó la canción Heroin, y de otro se tapó una parte de la portada para esconder las bragas que dejan ver la falda levantada de la chica. Eran otros tiempos, que por suerte ya quedan lejos en la historia.

The Velvet Underground completa la trilogía de los grupos que me han acompañado toda la vida, a los que he vuelto una y otra vez a lo largo de estos 35 años.







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